Foto vía Instagram: @jeffkwokig

Autora: Arancha del Castillo

Lunes por la mañana. Llueve. Te has quedado dormido porque el despertador no se ha dignado a sonar a la hora a la que lo habías programado. Los intentos frustrados por hacer que tu serie favorita se viera en internet hicieron que ayer terminaras acostándote tardísimo. Consultas los whatsapps y compruebas que aún no has recibido la respuesta que esperabas desde anoche. En cambio, en tu bandeja de entrada del correo electrónico hay un archivo titulado “Trabajo con correcciones”. Esperabas que aquella fuera la última versión, pero parece que no va a ser así. No hay tiempo para lamentaciones, un café con leche y a la calle. De acuerdo, tampoco hay leche, a la calle. Y no se sabe muy bien por qué, pero el día en que más prisa tiene uno, más calma llevan los demás, ocupando toda la acera como si fuera suya….Ya sientes el humo que sale de tu cabeza y no son ni las 8:15 de la mañana. Parece que hoy la ley de Murphy ha hecho de las suyas.

La frustración es una de las emociones humanas más comunes. Aparece cuando aquello que esperamos o deseamos no ocurre por algún motivo, provocando enfado – lo más frecuente-, ansiedad o desánimo. Forma parte de la vida, pero si no aprendemos a manejarla adecuadamente puede generar mucho malestar y llevar al abandono de metas y proyectos. Como toda emoción, la frustración tiene su función (y si no lo creen, les animo a que vean la película Inside out). En dosis controladas aumenta nuestra motivación para perseverar en la tarea y estimula formas de actuar diferentes, es decir, potencia nuestra creatividad.

Pero no todas las personas reaccionamos de la misma manera ante los obstáculos cotidianos. Hay quien tiene más tolerancia a la frustración y persistencia en sus metas. Por eso hablamos de alta o baja tolerancia a la frustración.

Podría decirse que de pequeños todos venimos al mundo con baja tolerancia a la frustración. Deseamos algo y lo queremos de inmediato, lo cual es normal si pensamos que aquello que deseamos tiene que ver con nuestras necesidades físicas básicas (por ejemplo, comer). Poco a poco vamos dándonos cuenta de que nuestros deseos no siempre son órdenes, aunque a veces insistamos en ello a base de pataletas y berrinches. Los padres pueden ayudarnos estableciendo límites claros y transmitiéndonos que no siempre se obtiene lo que se quiere y cuando se quiere. Normalmente llegados a la etapa adulta ya seremos capaces de manejar la frustración en nuestro favor pero… habrá algunos que no lo hayan logrado. Son personas que no soportan los contratiempos, las molestias o las demoras en la satisfacción de sus deseos y que no aceptan experimentar sentimientos o situaciones desagradables. Caen en el derrotismo y la desmotivación ante cualquier pequeño obstáculo y esto les hace abandonar sus metas fácilmente. Prefieren evitar rápidamente ese horrible sentimiento –la frustración- a perseverar en la tarea y lograr un bienestar mayor a largo plazo. En el fondo hablamos de una actitud infantil y de unas creencias poco realistas de fondo: “el mundo debe ser fácil, cómodo y justo”, “debo obtener todo lo que quiero” y “las dificultades/errores/imprevistos son terribles y no se pueden soportar”.

Las personas con buena tolerancia a la frustración, en cambio, viven con menos estrés su día a día porque entienden los imprevistos como algo molesto o desagradable, pero nunca como una catástrofe. Además, son capaces de ver los problemas como oportunidades y, al reaccionar más equilibradamente, tienen más habilidades para resolverlos de manera adecuada.

Foto vía Instagram: @pawankori
Foto vía Instagram: @pawankori

Tal vez lo positivo de esta generación a la que llaman “perdida” sea que está entrenándose de lleno en capacidad de tolerancia a la frustración con tanto obstáculo para el desarrollo de sus vidas profesionales. Hemos llegado a asumir que el trabajo para toda la vida ya no existe y que si queremos crecer a nivel laboral debemos movernos (incluso de país). El cambio y la readaptación forman parte de nuestro camino. No sabemos si va a seguir siendo así, pero vale la pena que enseñemos a nuestros hijos a tolerar y manejar la frustración… nos lo agradecerán en el futuro.

Entonces, ¿qué podemos hacer para sortear con éxito la famosa ley de Murphy? Te propongo algunas ideas:

  • Obsérvate y aprende a reconocer la emoción (de frustración, en este caso) y las situaciones que la disparan.
  • Detente: reduce tu nivel de agitación por medio de técnicas de respiración o relajación, controla el impulso y valora las consecuencias de tus actos.
  • Recuerda cómo en el pasado has dejado escapar oportunidades por culpa de esta impulsividad o desmoralización ante los problemas.
  • En lugar de enfadarte o deprimirte, piensa de manera creativa cómo puedes resolver el obstáculo. Centra tu atención en la solución y no en el malestar actual.
  • ¡Pide ayuda! No tenemos porqué hacer todo solos.
  • Divide la tarea en partes más pequeñas y manejables.
  • Contempla los problemas como una oportunidad
  • Recuerda que el mundo no gira en torno a tus deseos, que los contratiempos son algo natural de la vida y que por incómodos o molestos que sean no van a destruirte.
  • No te exijas ser perfecto. Son las imperfecciones las que nos hacen humanos.

Y si de pequeño no tuviste oportunidad de entrenarte en tolerancia a la frustración te sugiero que pruebes el yoga. Algunos tipos de este buscan mantener las posturas (asanas) durante varios minutos. Al principio pueden resultar molestas o dolorosas, pero el resultado de la práctica es increíble y te ayudará a aprender a tolerar cierta incomodidad hasta el punto de verla placentera.

 

¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? De momento psicoterapeuta. A medio camino entre Tenerife y Barcelona. Acompaño a las personas en su proceso de cambio hacia un estado de mayor bienestar a través del apasionante mundo de la psicología. Me encanta bucear por los recovecos del funcionamiento humano y contribuir con herramientas a que este sea lo más satisfactorio posible.

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