Autora: Arancha del Castillo

Cada año, cada vez más pronto, los anuncios de turrones y perfumes nos recuerdan que se aproxima el esperado período navideño. De momento, y por respeto al medio ambiente, al gasto público o a lo que sea, seguimos conservando la fecha del puente de la constitución como pistoletazo de salida de las fiestas. Se enciende el alumbrado navideño, se duplica la publicidad de juguetes y perfumes, comienzan las cenas de empresa y los polvorones se acumulan en las despensas de los hogares.

La navidad es una época que gusta a muchos. Las casas se engalanan con detalles verdes, rojos y dorados. Las calles se llenan de luces, puestos de artesanía, olor a castañas asadas y notas de música celestial. Aquellos que están lejos vuelven a casa, como el turrón, para reunirse con su familia. Y los niños, ilusionados por la llegada de los Reyes Magos se portan sutilmente mejor (por si acaso).

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Para muchas personas se trata de una temporada difícil. Es la otra cara de la navidad.

Por un lado, es un mes en el que la presión por consumir escala hasta límites insospechados (comidas, regalos, salidas, peluquería, etc.). Para aquellos que ya llegaban justos a fin de mes estos extras pueden comprometer los pocos ahorros que les quedaban en el bolsillo. Eso, para los que pueden permitirse los extras, claro.

Por otro lado, aunque las reuniones familiares son, en principio, algo agradable y satisfactorio, no siempre es así. Puede recordar a algunos lo solos que se encuentran el resto del año (y esto me ha hecho recordar el anuncio de Edeka)Puede desenterrar viejas rencillas entre algunos miembros de la familia y favorecer, con ayuda de las copas de más, comentarios poco adecuados entre estos. En muchas casas, la cena de noche buena y otros días significativos de la navidad suele transformarse con el tiempo en algo rutinario -cada año el mismo caldo de gallina, la misma carne al horno, los mismos comensales, el mismo salón, etc.-. Esto hace que cuando algo cambia o alguien falta se note muchísimo y genere algo de tristeza en el ambiente. Tampoco debemos olvidar a ese familiar que asume la mayor parte de la carga en la organización de la cena navideña. Llega al final de las fiestas agotado por el cansancio y resentido con el resto por no colaborar lo suficiente. Han pasado las dos semanas y todo aquello que tenía pensado hacer -entre otras cosas, descansar- ha quedado en la lista de tareas pendientes hasta el día seis de enero.

También hay quienes se estresan con la navidad. Al fin y al cabo, son solo dos semanas en las que tienen que, literalmente, embutir un sin fin de actividades,  compromisos sociales y compras. A penas tienen tiempo y espacio para reflexionar sobre si de verdad quieren seguir manteniendo estas tradiciones.navidad

Por último, es momento de hacer balance del año que termina y de pensar en nuevos propósitos para el que está por llegar. En este punto debemos ser especialmente cuidadosos para no caer en el pesimismo y centrarnos en lo negativo o en lo que todavía falta por lograr. Siempre hay algo positivo… piensa:

¿qué proyecto fuiste capaz de comenzar? ¿qué tarea terminaste por fin? ¿qué metas lograste? ¿de qué te sientes especialmente orgulloso? ¿qué fue lo que más te sorprendió? ¿qué aprendiste de tus experiencias? ¿qué nuevos lugares conociste? ¿qué nuevas personas han entrado en tu vida? ¿de qué aspectos negativos te desprendiste?

De cara al año nuevo es preferible plantearse objetivos concretos, realistas y ligados a aspectos que verdaderamente valoremos. Esto favorecerá que nos pongamos a ellos cuanto antes -sin tantas excusas- y los logremos con mayor probabilidad.

¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? De momento psicoterapeuta. A medio camino entre Tenerife y Barcelona. Acompaño a las personas en su proceso de cambio hacia un estado de mayor bienestar a través del apasionante mundo de la psicología. Me encanta bucear por los recovecos del funcionamiento humano y contribuir con herramientas a que este sea lo más satisfactorio posible.

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