El escritor chileno Roberto Bolaño guarda un paralelismo con El Raval. Los años que vivió en Barcelona (1977-1980) no son tan conocidos como su posterior auge literario en Blanes (Costa Brava). Tampoco El Raval era un barrio prestigioso por entonces. Sin embargo, lugar y autor atesoraban en sus entrañas un espíritu bohemio y salvaje que actualmente seduce a muchos ávidos viajeros y lectores.

En 1977 Roberto Bolaño sólo era Roberto, un joven chileno que acababa de llegar a Barcelona para estar más cerca de su madre enferma. Su adolescencia en México hizo germinar su carrera literaria a través del movimiento poético del infrarrealismo que, más adelante, lo darían a conocer Arturo Belano y Ulises Lima, es decir, los protagonistas de su novela Los detectives salvajes (Anagrama, 1998), con el nombre de real visceralismo. Infrarrealismo en la realidad o real visceralismo en la ficción, se trataba de un intento de rebeldía y búsqueda de nuevas formas líricas ante la poesía obsoleta de México, que tenía como máximo exponente a Octavio Paz, odiado por el grupo de los infrarrealistas. Y como reza la última frase del manifiesto infrarrealista que escribió en 1976, Bolaño “lo dejó todo y se lanzó nuevamente a los caminos”.

Barcelona estaba significando para muchos escritores sudamericanos el salto a la fama mundial entre los años 1960 y 1970, durante el denominado boom latinoamericano, en el que participaron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, entre otros. No fue el caso de Bolaño. Llegó y se fue de la Ciudad Condal como un poeta pobre y anónimo. Durante los años que estuvo en Barcelona escribió mucho, leyó más, publicó algo y sobrevivió todo el tiempo realizando multitud de trabajos, como lavaplatos, camarero o vigilante nocturno.

En los años setenta y principios de los ochenta, El Raval era un barrio marginal, donde convivían la prostitución y la delincuencia. En cambio hoy, constituye una visita ineludible para todos aquellos que deciden visitar Barcelona, pues acoge las instituciones de arte contemporáneo más destacadas de la ciudad: el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) y el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB); el Mercado de la Boquería; o un edificio con sello Gaudí: el Palacio Güell. Además, posee un ambiente urbano multicultural y activo que invita a pasear por sus calles, curiosear en sus tiendas de segunda mano y de tribus urbanas, contemplar a los skaters en la Plaza de los Ángeles, probar comida internacional o tomar algo en una de sus cafeterías-librerías. Bolaño muestra una evolución temporal similar, pues hasta los noventa no publica en una editorial importante y es reconocido por un público más amplio.

El centro intelectual: Tallers

Roberto Bolaño conoció Barcelona y plasmó muchos rincones de la ciudad en sus escritos. Sus personajes escriben en las terrazas de Las Ramblas, buscan a alguien en la plaza Real o deambulan por el paseo Colón. También sabemos que el autor acudía al antiguo cine CAPSA o a las librerías Canuda y Documenta del Gótico. No obstante, emplazamientos como la plaza Vicenç Martorell y sus calles “arrabaleras” aledañas son su mundo cotidiano, donde escribe y, por tanto, donde vive.
Su hogar se situaba en el número 45 de la calle Tallers. Un piso pequeño y destartalado, que ni siquiera tenía ducha. Podemos imaginarnos a Bolaño fumando en uno de los balcones del segundo piso; leyendo a sus admirados Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Nicanor Parra, e incluso a su “enemigo” Octavio Paz; o escribiendo, mientras en su cabeza suenan canciones de Lou Reed, Bob Dylan o Jimi Hendrix. Artistas que podemos encontrar en los discos que venden las diferentes tiendas de música que pueblan esta arteria y resisten a la actual cultura tecnológica. Por ejemplo, Revolver Records o Discos Castelló.

En esta calle también hay dos establecimientos importantes en su tarea de escritor: la papelería imprenta Llenas, en la que adquiría sus famosas libretas Miquelrius, donde lo anotaba todo; y el establecimiento Comercial Camu, que visitaba para comprar la cinta de su máquina de escribir Olivetti. Ambos siguen en pie con un aspecto similar, e incluso con personal de antaño, pero preguntar por Bolaño, por el Roberto de entonces, es una tarea infructuosa. Al margen de la escritura y el cine, otra de las actividades que practicaba era el futbolín. Él y sus amigos iban a menudo a la sala de futbolines Tra-llers (C/Tallers, 39), local que conserva el mismo nombre, pero actualmente es un bar-restaurante.1336554000_fons

Amigos y tertulias de bar

En Barcelona se relacionaba con amigos latinoamericanos, como Mario Santiago Papasquiano, y conoció a otros escritores catalanes, como A. G. Porta, con quien le unía una gran amistad, pues le ayudó en los momentos más difíciles, le mostró Barcelona y juntos escribieron la primera novela de ambos: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (Anthropos, 1986). Con amigos y conocidos pasó muchos ratos, cómo no, en bares, charlando y tomando un té, que era la bebida que más solicitaba Bolaño. Frecuentaban, sobre todo, el Bar Elisabets; la Bodega Fortuny, donde ahora se encuentra el restaurante Caravelle; la Granja Parisienne (C/Tallers, 35); y el Café Cèntric (C/Ramelleres, 27), que se parece mucho a como estaba por esa época. Es un lugar muy agradable, con fotos antiguas en la pared del fondo, donde se pueden saborear distintas tapas pero, sobre todo, una gran variedad de bebidas. Lo curioso es que, más que vecinos, suelen alternarlo extranjeros. De hecho, lo más normal es que los camareros te pregunten lo que quieres pedir en inglés.558691_772820529396108_778648908_n

Si paseamos por El Raval o leemos alguno de los libros de Roberto Bolaño, comprobaremos que ambos se han revelado de forma tardía. Ahora atraen a muchos jóvenes que buscan nuevos ideales y estilos de vida. Bolaño no se equivocaba al intuir, como Cernuda, que escribía “para un lector futuro”. La complejidad, la diversidad, lo excepcional y lo misterioso de la obra de Bolaño y del barrio barcelonés más “arrabalero” arredran a uno pero, al mismo tiempo, plantean un desafío delicioso.

No hay comentarios

Dejar una respuesta