Autor: Carlos Fuentes

Fotos: Rubén Plasencia

Galerista y coleccionista de arte, Ángel Luis de la Cruz dirige desde 1979 la Galería Leyendecker. Quizá la sala privada de Canarias con mayor proyección internacional. Aquí habla de la vida y la cultura, del turismo y las redes sociales. «Se está perdiendo la ética», asegura.

Desde la rambla santacrucera, entre laureles de indias, la casa modernista del número 86 aparece como la superviviente que es. Una vivienda de otros tiempos. Entre construcciones de hormigón y ventanas de cristal oscuro, unas rejas de forjado pintadas de rojo y quince hojas de trébol sobre una puerta de madera antigua franquean la entrada a este territorio de silencio. La Galería Leyendecker ocupa un noble edificio rectangular de dos plantas construido en 1921. Desde 1989 la casa vive del arte, de enseñar el arte contemporáneo que Ángel Luis de la Cruz, su propietario, busca como zahorí en la escena internacional.

Es martes de otoño en el corazón de Santa Cruz de Tenerife, allí donde una vez acabó la ciudad antigua. No muy lejos, el guerrero de Henry Moore continúa dormido, una terraza de plato cuadrado aspira a parodia de Pipilotti Rist y las ruinas de la vieja plaza de toros parecen una postal del cerco de Sarajevo. En la época de la cultura espectáculo, cuando el arte empieza en la propia arquitectura del museo, resulta admirable la defensa de una casa-galería como polo de acción cultural. «Somos unos supervivientes», arranca Ángel Luis de la Cruz. El galerista de Tenerife con una historia que merece la pena escuchar.

Conviene recordar: ¿Por qué Leyendecker?

Para defender nuestros orígenes europeos. Desde 1979, cuando abrimos la primera galería en la calle San Clemente, nos interesaron mucho nuestros orígenes europeos. Empezamos trabajando con artistas canarios, aunque luego nuestras ambiciones nos llevaron a querer traer más información sobre lo que se hacía fuera en el mundo del arte. Porque aquí no llegaban revistas de arte, aquí no llegaba nada. Por supuesto, tampoco había Internet. Y empezamos a mirar más allá, siempre con los ojos abiertos hacia fuera.

¿Y cómo se vive del arte?

La galería se sustenta por las ventas hacia el exterior, porque aquí no hay mercado. Nunca lo hubo y no hay interés para que exista un mercado de arte. Es una paradoja que haya una Facultad de Bellas Artes, donde cada año sale una promoción nueva que, en el mejor de los casos, encuentra salida en dar clases o emigrar. Estamos en una región que genera dinero, pero nunca interesó promover un mercado de arte decente. A Leyendecker se le reprocha que no nos interesa el arte canario, pero lo que nos ha interesado siempre es el arte sin apellidos. No quiero ofender a nadie, pero si el arte se queda en un ámbito local, pues se queda en lo local. Pero si no vende aquí, tampoco se puede vender fuera.

Pero usted vive aquí y vende fuera…

Nosotros tuvimos suerte a primeros de los años 80 con artistas como [el checo Jiri Georg] Dokoupil, que siempre fue por delante del tiempo que le tocó vivir, artistas que hoy son referencia, figuras del arte contemporáneo. Creadores que luego se han convertido en referencias importantes, esas son las cosas que siempre nos han interesado. Y esa se convirtió en nuestra opción como galería hasta que, con el cambio de siglo, comenzamos a viajar a la feria de arte Expo Chicago para ampliar todo lo posible nuestras fronteras._MG_9185-EditarOK

 

Desde este rincón de la rambla, parece imposible…

Puede ser, pero el arte no tiene apellido. El arte no es canario o español, el arte es arte. En Leyendecker seguimos siempre nuestro propio camino y, no sé si por intuición o por suerte, o quizá un poco de cada cosa, hemos logrado disponer de un elenco de artistas jóvenes, lo que define nuestro trabajo y el papel de nuestra galería. Esto nos da la vida: que tengas la edad que tienes y que puedas abrir un diálogo con un artista de treinta años es muy importante. Aunque no tenga nada contra los años, ni piense que el mejor arte no lo puede hacer un artista ya consagrado. Hay artistas con setenta años que han hecho cosas maravillosas. Pero es necesaria esa savia nueva, esa energía renovada. Es un chute energético que te metes para mantener una galería de arte aquí en África. Porque hay que tener claro que para el mundo del arte, Canarias es y está en África.

Y a todas estas, ¿qué es arte?

Es algo ambiguo y a la vez abstracto. Está el significado de arte a nivel oficial y luego está también la utilización de la palabra arte como se usa socialmente. La gente tiene la intuición de que algo que se sale de lo común es arte. Es como un niño con talento, al que se le dice ¡qué arte tiene el niño! Así al menos lo veo yo con las personas que frecuentan exposiciones y salas de arte. Después está lo que piensan los departamentos oficiales, los academicistas. Y luego está mi punto de vista personal, que se basa en lo que me gusta. Y si me gusta, tomo una decisión y asumo sus riesgos. Y he de decir que me gusta equivocarme, a veces, casi más que acertar con un artista. Porque de ahí aprendo.

¿Falta comunicar mejor sobre su utilidad?

Es el mal ejemplo que damos al usar la imagen del arte como beneficio, como simple dinero. Pero es el producto de un resumen quizá demasiado estrecho. Y normalmente se hace por evitar la discusión. Discutir sobre qué es arte o no es arte, a mí, particularmente, no me interesa mucho. Es una discusión casi somera que no me interesa porque creo en la libertad y tomo mis propias decisiones. Y es libertad de la otra persona elegir lo que le interesa, venir a ver una obra o a un artista y luego construir su propia opinión, su propio criterio sobre el arte. Si ponemos muchas etiquetas y corsés, el arte deja de serlo.

¿Sorprende que una región con tantos visitantes no tenga mercado artístico?

En Canarias vivimos del turismo, cierto. ¿Conoces algún país o alguna región del mundo que viva del turismo y no cuente con sus artistas para la imagen corporativa? Porque mi experiencia me dice que cada vez que he pedido consejos o sugerencias sobre un asunto en Canarias, buscando ideas, un artista siempre me ha dado mejores propuestas que un profesional del turismo. Es algo que he hablado muchas veces con personas del mundo de la política y la empresa, en aras de buscar un sostén de economía diaria para que los artistas que salen en Canarias puedan tener una vida decente desarrollando su talento. Pero aquí, aunque vivamos del turismo, al artista no lo hacen partícipe de la puesta en valor del patrimonio natural, de la historia y también del arte que tenemos en las Islas.

Quizás porque el turista de masas solo quiere conquistar el estereotipo, el sol y las playas. ¿Ha dado Canarias la espalda al turismo de la cultura?

El modelo, sin duda, es mejorable. Si los paquetes turísticos de Canarias se venden por turoperadores en Múnich o en Londres, desde aquí se podría negociar que cada turista tenga acceso a un regalo hecho por un artista de las Islas. Ese regalo, de coste pequeño, se podría cargar al precio del paquete de ocio y vincularlo a que el turista visite centros de arte, museos o salas en Canarias. Se trata de estimular la visita más allá de las pulseritas, el sol y las playas. Hay que vincular como sea el negocio turístico con el arte y la cultura. Es triste que solo ofrezcamos al turista reproducciones de baratillo fabricadas en China.

Otro signo de los tiempos es la interconexión inmediata, las redes sociales, la exposición pública. ¿Cómo convive el arte elegido con la sobreinformación?

Hay una especie de divorcio. Si miras el mundo del arte hay una realidad, luego están la informática y las nuevas tecnologías para la comunicación. Y ambas viven a velocidades distintas. Ahora se está produciendo lo que yo a veces defino como una dictadura de la democracia: todo el mundo quiere estar, todos creen que tienen algo que contar, y de ahí el tremendo auge actual de las redes sociales. Ahora todo el mundo quiere ser la estrella, pero estrellas hay muy pocas. Veo a mucha gente que, por primera vez en su vida, hoy se creen protagonistas de algo, pero yo no creo en eso. Creo en el rigor, en el trabajo y en la formación continua. No hay libertad sin cultura, pero tampoco hay cultura sin formación.

 

Ni sin autocrítica. Eso es el progreso, supongo…

Ahora muchos de los que se interesan por el arte solo buscan ser estrellas, y parece que el camino da lo mismo. No hay ética. Y ahí radica el origen de un divorcio tremendo entre el arte contemporáneo y la sociedad. Se puede comprobar fácilmente en grandes ferias de arte, cuando llega el gran público. Pero yo prefiero dedicar mi tiempo a la gente joven que viene buscando influencias con las que crecer como artistas. Me encanta hablar con artistas jóvenes y creo que debo hacerlo, pero en persona. Las nuevas tecnologías están provocando que se pierda modestia y humildad. Y la humildad siempre es importante, algo básico. Hay dos cosas básicas en una persona: actitud y humildad. Y ambas cosas se están perdiendo porque hay pretensión y más pretensión. Es vital, y lo dice uno que ha tenido veinte, treinta años. Cuando uno hace algo con integridad, debe ser respetado.

¿Y qué puede hacer el arte en estos años cabreados, ahora que parece que el fracaso de muchos es la alegría de todos?

Es una desgracia. Una desgracia que no había ocurrido antes como pasa ahora. Yo no envidio a nadie, no me interesa la envidia y, además, no tengo tiempo para envidiar. No entiendo esos comportamientos. Nadie es mejor que nadie, si se actúa con integridad, con honestidad.

 

Pero la humildad con dinero es más fácil…

Sí, pero también tiene más valor. Porque la humildad sin dinero no es una opción, es una obligación. Quizá esté utilizando mal la palabra, pero es algo muy importante.

Sin embargo, para la calle el arte es cada vez menos humilde…

Es que hemos traducido mal aquella famosa frase de Andy Warhol sobre el cuarto de hora de gloria. Es lo que está pasando ahora con Instagram, Twitter y Facebook. Aparece algo y siempre se populiza, pero lejos de acercarnos está generando una barrera con el arte. También está el mundo de las subastas, que tiene mucha culpa porque parece que todo arte es dinero. Y que un cuadro solo será importante cuando se venda por millones._MG_9207OK

Un whisky con Tony Shafrazi hablando de David LaChapelle en Nueva York

En el cuarto de siglo de la Galería Leyendecker, el mundo del arte ha cambiado. Y mucho, seguramente. Pero siguen siendo imprescindibles el talento, el ojo crítico y no poco arrojo personal para defender una galería privada en Tenerife. Ángel Luis de la Cruz tiene unos cuantos recuerdos que ilustran las tres décadas de la sala de Ramblas 86. Si importante fue la relación con el artista checo Dokoupil, el cambio de siglo llegó con la visita de uno de los fotógrafos pop de la fotografía contemporánea. David LaChapelle apareció en los años 80 en la escena de Nueva York. Vinculado a Andy Warhol, Keith Haring y Basquiat, su obra es muy conocida por los retratos realizados a cantantes y actores. Fotografió a Michael Jackson con una virgen, a Madonna recostada entre cisnes, a Naomi Campbell bañada en leche y a Kanye West con corona de espinas. Sus imágenes en gran formato cotizan alto: hasta 50.000 euros por una foto de Angelina Jolie acariciando un caballo.

David LaChapelle visitó hace cinco años Tenerife, donde expuso varias fotografías en la Galería Leyendecker. Era el colofón de una historia que comenzó, casi por casualidad, diez años antes en Nueva York. «Viajé para ver otras salas, pero coincidí con una muestra suya en la galería de Tony Shafrazi y me quedé loco», recuerda Ángel Luis de la Cruz. «Al otro día volví, tomé un whisky con Tony y le compré la exposición sin tener aún el dinero. Traje esas obras y al final se vendieron todas, aunque David no pudo venir hasta finales de 2010, cuando hicimos una muestra con sus fotografías». ¿Y cómo se las arregla para gestionar tanto ego ajeno? «No es tan complicado. David es un encanto de persona, un tipo maravilloso. Llegó desde Turquía, visitó la isla, recorrió todo lo que quiso y se marchó encantado», recuerda el galerista. «No es la fotografía que más me gusta, pero me gusta. Y esas pequeñas grandes cosas solo se consiguen con empeño, trabajo y cierto arrojo».

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