Hay palabras que tienen la cualidad de enfangar con su contenido todo lo que las rodea. Incluso, aunque no se sepa exactamente cuál es su significado, esas palabras, con su mera presencia, enturbian el contexto brutalmente. Y si no, ahí tenemos la palabra yihadismo que ni siquiera existía en nuestro diccionario hace dos o tres décadas y que ahora, aparece por cualquier esquina con destreza para manchar de inmediato la paz.

El yihadismo es un sustantivo que se forma a partir de otro, yihad; de la misma manera que de capital deriva capitalismo o que de islam deriva islamismo. Véase que se trata de una inocente regla de tres morfológica con la que la lengua incrementa su vocabulario, si no fuese por la trastienda que estas palabras encierran.

De hecho, en esta madeja de conceptos, da igual por el hilo que se empiece a tirar, porque sea cual sea el camino, se reconstruye siempre la misma historia. Si empezamos por yihad, esta resulta ser una palabra árabe cuya traducción primera y fundamental es la de esfuerzo. Trasvasado el término a los principios religiosos del islam, sabremos que el yihad es el esfuerzo que la persona creyente debe hacer para mantenerse en el camino que Dios manda. Ese esfuerzo puede ser grande o pequeño. El yihad grande, para que se haga una idea, es la batalla que tiene que lidiar el ser humano con sus bajos instintos, mientras que el yihad pequeño no es más que la llamada defensa territorial del islam. Pues bien, a este último, se le empieza a llamar Guerra Santa en la época de las cruzadas, es decir, en aquellos siglos en los que lucharon dos bandos claramente delimitados donde cada batalla se libraba en nombre de Dios.

corán

Pero volvamos al islam, a esa religión y esa cultura presente en la historia universal desde el siglo VII. Una religión con múltiples ramas, a veces, con grandes distancias entre ellas y que, por lo general, la distancia está en consonancia con el rigor en la interpretación religiosa. Es más, ahí está el salafismo, rama que reconoce dos importantes precursores: Ibn Hanbal (s. IX) e Ibn Taymiyya (s.XIV). Este último, coetáneo de las ya citadas guerras de las cruzadas, pensaba que en el islam debía convivir la religión y la política y aunque, en su momento no tiene muchos seguidores, Abd al-Wahab(s.XVIII) recogerá y recrudecerá este testigo ideológico siglos después, en lo que hoy llamamos Arabia Saudí. Este Estado no existió hasta 1932 en que la familia al-Saud, logra, tras décadas de luchas, consolidarlo como tal, dándole su propio nombre, Saudí, y la creencia en un islam wahabista que -insisto- reclama la comunión de la política y la religión como principio.

Pero lo más curioso de todo este enredo es que, tanto el salafismo como el wahabismo fueron ramas del islam muy minoritarias hasta que, el auge económico proporcionado por la posesión del petróleo saudí propaga esta corriente intensamente, sin cauces ni control por el resto del mundo.

Así las cosas, me pregunto si estamos ante un río desbordado de palabras desembocando en los peores ismos del vocabulario.

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