Ciclano, escucha: velocidad, vértigo, libertad… son los tópicos más manejados por la publicidad y por la jerga de los propios moteros a la hora de describir ese vicio que es montar en moto. Y no. Yo no lo creo. Desde que aprendí a conducir motocicletas, cuando tendría trece años (recuerdo aquellas Honda 70 sin embrague que por menos de nada se hacían un caballito), a hoy en día, que monto ese corcel portentoso que es la GS 1200 de BMW, descubro que no son la velocidad, ni el vértigo ni la libertad lo que me ata a esta pasión, sino más bien el hecho hermoso de que conducir mi moto, viajar con ella, es también viajar hacia dentro de mí mismo y contemplar mis profundidades.

Montar en moto se convierte, cuando somos moteros experimentados y hemos olvidado el miedo, en un acto mecánico que no necesita el concurso directo de nuestra mente. Y eso es, en el fondo del fondo, lo que nos engancha: nuestro cerebro descansa de nosotros mismos, se queda en blanco, se deja llevar por la velocidad, el viento y la propia integración en el paisaje y la carretera. Subidos a nuestra moto desaparecen los pequeños grandes problemas cotidianos. Es la moto quien nos lleva y olvidarnos por un rato del pesado lastre de ser siempre nosotros mismos, nos desconecta, nos libera. Lo llamaremos libertad y adrenalina, pero, en realidad, es descansarnos agarrados al manillar, accionando manetas y cambios, abandonándonos a la información que nos proporciona el cuadro de instrumentos, aparcando nuestra cotidianidad para sentir ese alivio inconsciente. Montar en nuestra moto se hace entonces vital porque es una necesidad mental. Así de simple. Por eso, cuando por algún motivo indeseable encadenamos tiempo sin subirnos a nuestra motocicleta, enseguida notamos ese desasosiego, la intranquilidad propia del drogadicto al que le falta su dosis.harley

Montar en moto nos descansa. Montar en moto nos hace felices. Montar en moto nos quita tantos pesos de la cabeza sin siquiera percatarnos que casi nos parece mágico, una cura de la que volvemos renovados, con el alma pasada a limpio. Es verdad que la máquina y su ronroneo rugiente se funde con nuestro cuerpo, o, dicho de otro modo, que se convierte en una potente extensión de nuestro cuerpo y, especialmente, de nuestra cabeza, ese otro motor que nunca se para, llenándose de dudas y de estrés y de preocupaciones serias o bobaliconas que, sin embargo, como por embrujo, se esfuman lindamente en cuanto abrimos gas y oímos nuestra respiración dentro del casco y solo nos importa dibujar la siguiente curva, armoniosamente tumbarnos en ese baile con la carretera que nos seduce, la cremallera de asfalto que necesitamos desnudar en busca de éxtasis, orgasmo, saciamiento y dulce reposo. La seducción se completa. El guerrero descansa de sí mismo. Acariciamos la máquina, su lomo, la sinuosidad del tanque de gasolina y su cintura. Ella estará siempre ahí, esperando a que volvamos a tener ganas de seducirnos, salir a cenar, bailar, vuelta va y vuelta viene, y, después del placer, seguir queriéndonos, siempre, como la primera vez.

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