Mañana de no parar. Correos que entran y salen. Personas que solicitan información de manera insistente. Tareas que deben ser entregadas antes de la hora del almuerzo. El habitual embotellamiento de la avenida a las seis de la tarde. Latidos en la sien, visión borrosa, dolor de cuello y hombros y una intensa sensación de agotamiento. Llámalo estrés. Llámalo dolor de cabeza incipiente. Llámalo como quieras.

Cuando tenemos un fuerte dolor de cabeza la mayoría de nosotros no duda en tomarse un medicamento que alivie el dolor o en acudir su médico de cabecera si aquel persiste en el tiempo. Ante una escena como la de arriba, preferimos atribuir el malestar a algo físico y, por tanto, “manejable”. ¿Qué pasa con lo psicológico, con aquello que tiene que ver con las emociones, los pensamientos y la forma de comportarnos y relacionarnos con el mundo? No solo le restamos importancia, sino que la cuidamos poco.

Está de sobra demostrado el papel que tienen los factores psicológicos sobre muchas enfermedades físicas. A veces provocándolas directamente y otras influyendo indirectamente en su severidad y cronicidad. Poco a poco vamos tomando conciencia de esto y haciendo cambios en nuestras rutinas. Actualmente se le da mucha importancia –a veces, cayendo en lo patológico- al hecho de “estar sano”. Hemos empezado por lo “fácil”: alimentación equilibrada y ejercicio físico. Pero como dice la cita mens sana in corpore sano. No olvidemos la primera parte.

Si tenemos claro esto, ¿por qué nos cuesta tanto a ir a un psicólogo? Y esta pregunta habría que contextualizarla en España porque en países como Argentina lo extraño sería no acudir a uno.

Alrededor de la figura del psicólogo existen una serie de falsas creencias que dificultan que pidamos su ayuda. Un error común es creer que el terapeuta está para resolverte la vida. El psicólogo podría asimilarse a un “entrenador” que, teniendo en cuenta tu historia y características personales, te enseña herramientas con las que superar el problema actual, pero también para afrontar de una manera más saludable tu día a día futuro. Por otro lado, aunque su papel es importante, más lo es el del paciente. Los estudios señalan que la eficacia de los tratamientos psicológicos depende en gran medida de la actitud del mismo. Si uno se implica de manera activa en su propio proceso terapéutico es esperable que obtenga mejores resultados que aquel que se muestra desconfiado y rechaza hacer lo que le sugiere el terapeuta.chairs-58475_960_720

Otra de las creencias que nos frena consiste en pensar que el hecho de acudir a un psicólogo nos convierte en una persona débil o dependiente, a la que le han fallado sus propios recursos. Lejos de ser un signo de debilidad, para mí es una señal de valentía y de que uno se auto-responsabiliza de su bienestar psicológico. Valentía porque lo fácil sería tomarse una pastilla y suprimir la ansiedad o la tristeza de golpe, en lugar de pararse a analizar las causas, remover los cimientos y actuar desde el cambio personal. No siempre se está preparado para este proceso. Los teóricos hablan de unos estadios de cambio por cuales la persona pasa cuando tiene un problema. Solo cuando este nos incomoda y hemos contemplado la necesidad de cambiar encontraremos la motivación para hacerlo.

Por último, solemos acudir al argumento de que con tiempo y buenos amigos uno puede superar el problema, solo para evitar a toda costa acabar en el psicólogo. En muchos casos es real que el tiempo lo cura todo y está bien recordarlo porque también está la tendencia actual de “necesitar estar 100% bien siempre”. Pero en según qué casos sin tratamiento el problema puede cronificarse y deteriorar significativamente la calidad de vida de la persona. ¿Por qué no esperas para tomarte el paracetamol y sí para aprender a manejar el estrés en tu vida? Respecto a los buenos amigos ocurre algo parecido. Depende. El apoyo social es positivo, cuando es…positivo. Pero en muchos trastornos psicológicos familiares, pareja y/o amigos están implicados en el mantenimiento del mismo (con la mejor de sus intenciones, claro). Además, aunque los amigos están para lo bueno y para lo malo lo cierto es que cuando uno está mal acaba colonizando las conversaciones y haciéndolas girar en torno a las propias preocupaciones pudiendo repercutir negativamente en el vínculo.

Estos son solo algunos de los prejuicios que se tienen hacia los psicólogos pero, por desgracia, existen muchos más. Si llevas un tiempo tirando de tus propios recursos personales y sociales y sientes que no superas una dificultad o bache no lo dudes y atrévete a poner a prueba estos mitos.

¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? De momento psicoterapeuta. A medio camino entre Tenerife y Barcelona. Acompaño a las personas en su proceso de cambio hacia un estado de mayor bienestar a través del apasionante mundo de la psicología. Me encanta bucear por los recovecos del funcionamiento humano y contribuir con herramientas a que este sea lo más satisfactorio posible.

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