Sufragistas.

Llegaron las pasadas navidades y con ellas los clásicos estrenos de cine, entre ellos Sufragistas, una producción británica que debiera ser de obligado visionado, especialmente entre las jóvenes generaciones arropadas en el convencimiento de que lo que les rodea siempre estuvo y siempre estará ahí. Por esta razón conseguí arrastrar a mi hija, no sin esfuerzo, a una sesión de cine compitiendo deslealmente con el marketing de producciones galácticas. El caso es que conseguí que me acompañara y viceversa y, ya sentadas en la oscuridad, me dediqué a escudriñar su gesto ante la pantalla que resumo así: a los quinces minutos, ya había sobrevenido su interés, a los treinta, el asombro; algo después, las preguntas. El debate que vendría después estaba servido. La muerte de Emily Wilding Davison reclamando el derecho al voto de las mujeres o la frase, ya célebre, de Emmeline Pankhurst: “No queremos romper las leyes, queremos hacerlas” y todo esto está teniendo lugar en las revueltas de 1913 en Reino Unido. No obstante, resulta interesante contrastar las líneas cronológicas, en apariencia divergentes y que, sin embargo, acaban concentrando valiosa información. Fíjate si no, cómo las revueltas por el voto femenino británico acaban enlazadas con Egipto, primero y con buena parte del mundo árabe después. De hecho, un año después de que las británicas mayores de 30 años pudiesen ejercer su voto, las egipcias – que ya llevan por entonces una década asociándose en grupos de actividad política- se movilizan para luchar por la independencia de su país, que permanecía bajo protectorado británico desde 1882.

Huda Sha'arawi
Huda Shaarawi

En este contexto, mi personaje preferido es Huda Shaarawi, quien se puso a la cabeza de la primera manifestación de mujeres que recorrerá El Cairo en protesta por la muerte de una compañera abatida por balas inglesas. Corre el año 1919 y el movimiento femenino egipcio está en marcha con su líder, Huda Shaarawi y un buen número de mujeres que salieron de sus casas para convertirse en ciudadanas, por primera vez. De hecho, podemos hablar del arranque de un verdadero movimiento feminista árabe a partir de 1923, con la creación de La Unión Feminista Egipcia (UFE) del que Huda fue nombrada presidenta. La actividad feminista de este grupo prosperó con rapidez y si hay una anécdota destacada en cualquier texto que nos hable de esta feminista árabe, será la acción llevada a cabo tras regresar de Roma, donde habían participado en el Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio Femenino ese mismo año. La acción en sí consistió en quitarse el velo que la cubría en público, según desembarcaba en Alejandría. En cambio, el gesto simbólico consistía en un claro mensaje: que el velo, tradicionalmente concebido como una protección para las mujeres, podía tener otro efecto muy distinto, el de perturbar el propio desarrollo. En cualquier caso, lo que esta mujer tan particular deseaba poner en tela de juicio, fue la necesaria libertad de cada mujer a aparecer en público como quisiera y para eso tuvo que asumir años de reproches de sus conciudadanos por mantener esta actitud. Una cuestión que cualquier mujer convencida de sus derechos, asume cada día.

Hay que añadir que las egipcias pudieron votar por primera vez en 1956 pero un año después, el gobierno de Al-Nasser acaba disolviendo las asociaciones feministas dirigiendo su actividad a obras caritativas.

“Nunca te rindas”, le dice una compañera a Maud Watts en Sufragistas. “Nunca des por permanentes los derechos que disfrutas ahora”, le digo a mi hija. Convencida como estoy, de que a las nuevas generaciones les queda mucho por pelear aún.

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