El Ciclano leyó los libros del sociólogo Zygmunt Bauman, quien esbozó el concepto de “modernidad líquida” para explicar el signo de los tiempos que corren, donde todo parece ser pasajero, inconstante, líquido, donde todo aquello que pensamos sólido acaba escurriéndose, como agua hacia el sumidero. El día en que me encontré con él, Ciclano sostenía una bolsa de cubitos de hielo. ¿Qué haces?, le pregunté. Me dijo que quería reivindicar la posibilidad de lo sólido, que el agua se convertía en algo sólido como el hielo y viceversa, es decir, que el hielo también se derretía y volvía a su primigenio estado de liquidez. Ya, ya, pero, ¿adónde quieres ir a parar?, pregunté. Y me dijo que había que ponerse a hablar de lo sólido, de la solidez que puede haber en lo que nos parece pasajero: a saber: puede amarse a una persona durante toda una vida o durante poco tiempo, pero la naturaleza de ese amor puede ser insondable, permanente, duradera. Así que el amor si es amor no es líquido sino perdurable. Otro ejemplo es la belleza, la belleza inmortal de un poema o de un cuadro, la belleza inolvidable del arte, pues, si es auténtica, también es para siempre, dijo Ciclano.agua baso hielo

Pedí una cubitera para el hielo y nos pedimos unas copas y nos pusimos a filosofar sobre la necesidad de volver a las certezas que nos borró el cambio de siglo y la última crisis económica y esa volatilidad flotante que nos ha traído las últimas tecnologías, donde todo parece que tiene que estar en una nube cibernética o en una app. Y eso es lo que ocurre, dijo Ciclano, que debemos hablar de conceptos demasiado importantes como para permitir que se derritan: democracia, libertad, altruismo, solidaridad, amor, belleza, humanidad, naturaleza, familia, vida… porque debemos volver a creernos que en la mano del hombre está la solución del hombre, su verdad y su razón de ser. Y Ciclano añadió que la liquidez le parecía conformista, que todos teníamos que ponernos a pensar para hacer con nuestras vidas lo correcto, es decir, volver a creer en lo que de veras nos hace humanos. Tener un sentido del prójimo y la voluntad de hacer el bien, evitar el colapso de la confianza y arrimar el hombro, sabiendo que lo que está torcido puede enderezarse y que entre todos, poco a poco, cabe la posibilidad del milagro más sólido: tener vocación para la felicidad. Todos tenemos una parte en el reto hermoso de mejorar y conservar el mundo. Me gustan tus palabras, Ciclano, le dije, pero no se me ocurre cómo contagiar esas ganas. Pues con diálogo, hablando se entiende la gente, porque todos somos uno. El Papa Francisco concedió su primera entrevista al periodista más famoso de Italia por su ateísmo, me contó Ciclano. Tras la entrevista, ambos supieron que había más puntos que los unían y que, en realidad, navegaban en el mismo barco, el de los hombres que se tienden la mano para dialogar y entenderse, pues la meta final es la misma: nada más allá de ser felices en un mundo habitable

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